La fundación de Puno, Laycacota y la invención de la memoria colectiva
Por: Aldo Zanabria
La ciudad de Puno ha sido tradicionalmente considerada como fundada el 4 de noviembre de 1668, por acción del virrey Conde de Lemos, en el contexto del sometimiento del asiento minero de Laycacota y la reorganización de la región altiplánica. Esta fecha, ampliamente celebrada, posee sin embargo un carácter tanto simbólico como problemático, si se analiza desde la perspectiva historiográfica crítica.
En su estudio reciente, Domínguez Faura sostiene que no existe un documento incontrovertible que fije ese día como la fundación real, y que la fecha se consolidó como tradición más que como decreto claro. Esta constatación no desvaloriza la fecha como hito identitario, pero sí invita a repensar su estatuto como “fundación” en el sentido estricto del término.
Por su parte, Encinas (1924) publicó Historia de la fundación de Puno presentando el 4 de noviembre de 1668 como dato central. Y Frisancho Pineda —en su obra sobre el altiplano y la historia puneña— analiza las transformaciones sociales que precedieron a la villa-ciudad, aunque sin centrar su atención únicamente en esa fecha.
Este panorama revela dos dimensiones clave:
1. El carácter instrumental de la fundación como acto de poder virreinal y reorganización urbana en torno a la minería, y
2. La dimensión memoria colectiva/identitaria, por la cual esa fecha y esos símbolos funcionan como elementos de cohesión regional.
Laycacota, minería y conflictos de élite
El conflicto de Laycacota, en el que los hermanos Salcedo y otros mineros españoles y mestizos protagonizaron una rebelión hacia 1665-1668, ocupa un lugar central en este análisis. Domínguez afirma que este conflicto no se enmarca en la resistencia indígena, sino en disputas entre élites coloniales y mestizas, en el contexto minero, lo cual resulta una lectura menos convencional, pero probablemente más ajustada al archivo.
Este enfoque obliga a replantear tres ideas que han sido comunes en la historiografía andina:
Que la resistencia indígena fue siempre el eje de los conflictos coloniales;
Que el siglo XVII andino fue una época de estabilidad institucional;
Que las ciudades andinas simplemente emergieron por decreto virreinal sin tensiones previas.
Domínguez demuestra que el siglo XVII fue, por el contrario, un periodo activo de lucha por el control de recursos (minas, fiscalidad, mita) y de reorganización de las sociedades coloniales en los Andes. Este argumento se enmarca en otras investigaciones comparadas (por ejemplo Potosí) que muestran dinámicas similares. En el caso del sur andino y de Puno, Laycacota se vuelve un paradigma para situar el origen urbano no como efímero tránsito, sino como resultado de conflicto y decisión política.
Identidad, tradición inventada y memoria puneña
Uno de los aportes más relevantes de la investigación de Domínguez es la reflexión sobre la construcción de la identidad regional puneña : cómo símbolos como la estatua de Manco Cápac en el cerro Huajsapata, la celebración del 4 de noviembre, o la asignación de origen incaico al Lago Titicaca, funcionan como tradiciones inventadas al estilo de la formulación de Eric Hobsbawm y Terence Ranger. En efecto, Domínguez advierte que estas tradiciones no invalidan la memoria colectiva; al contrario, la impulsan y la consolidan.
Esto me lleva a plantear que la identidad puneña se construye en dos tiempos :
En primer lugar, en la etapa colonial, como centro minero-urbano del altiplano, resultado de la acción política y económica del imperio.
En segundo lugar, en el siglo XX y XXI, como discurso identitario que reclama continuidad prehispánica (incaica), mestiza y regional, a través de fecha, símbolos, monumentos y celebraciones.
El problema radica en que muchas veces la investigación historiográfica y la memoria social no coinciden plenamente. Los investigadores encuentran vacíos documentales, ambigüedades cronológicas, interpretaciones múltiples. En cambio, la tradición social adopta una versión relativamente fija. Por ejemplo, aunque la fecha 4 de noviembre aparece repetidamente como “fundación de Puno”, algunos artículos lo cuestionan seriamente señalando que no hay documentos que la prueben. No obstante, ese componente simbólico funciona con eficacia local.
Hacia un enfoque crítico de la historia urbana puneña
Como investigador y docente en ciencias de la computación, innovación y sistemas, me permito trasladar a este terreno un enfoque que combina análisis de datos históricos con reflexión sobre modelos de construcción social. En el caso de Puno ello implica tres tareas:
1. Revisar las fuentes coloniales con rigor : archivos de virreyes, registros mineros, órdenes reales, catastros. Hasta ahora se aprecia que la historiografía puneña depende en parte de textos de carácter local (Encinas, Romero) con base documental débil o mal citada.,,
2. Reconocer la dimensión simbólica de la ciudad : la “fundación”, los símbolos incas, los mitos mestizos tienen valor, pero deben entenderse como procesos de producción de memoria, no sólo como hechos dados.
3. Aproximar la historia urbana al paradigma de innovación : Puno se puede ver también como un “sistema socio-técnico” colonial temprano : minas (tecnología), mita (organización laboral), desplazamientos urbanos (infraestructura), fiscalidad (datos). Esa perspectiva permite vincular el pasado colonial con las discusiones actuales sobre desarrollo, innovación regional, infraestructura y conocimiento local.
En este sentido, propongo que la “ciudad de Puno” más que fundarse de golpe, se configuró gradualmente : traslado del asiento minero de Laycacota, demoliciones de asentamientos no reglamentarios, elección de emplazamiento por el virrey, construcción de iglesia, cabildo y plaza. Esa gradualidad se ajusta al modelo que Domínguez plantea.
Conclusión:
La historia de Puno —y su celebración fundacional— no es un relato lineal de un día preciso y un acto único, sino un entramado complejo de conflictos mineros, decisiones de élite, construcción ciudadana y memoria regional. Al estudiar la documentación disponible y la historiografía reciente, se evidencia que el siglo XVII fue mucho más dinámico de lo que se enseñó tradicionalmente, y que la identidad puneña actual está profundamente marcada por esta dualidad entre el hecho histórico y la tradición colectiva.
Para la comunidad académica y para los ciudadanos de Puno, la invitación es clara : asumir la fundación como símbolo, sin perder de vista que la ciudad que se celebra es el resultado de un proceso largo, y que esa largas gestaciones ofrecen también lecciones contemporáneas —sobre innovación regional, sobre reconfiguración urbana, sobre economía de recursos y sobre memoria colectiva— que merecen ser exploradas con rigor, imaginación y colaboración interdisciplinaria.
Referencias:
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Encinas, J. A. (1924). Historia de la fundación de Puno. Puno, Perú: Tipografía Fournier.
Frisancho Pineda, I. (1996). De aldea a ciudad: Trayectoria histórica de Puno. Puno, Perú: Editorial Los Andes.
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